La culpa fue del desodorante

Plato de arroz

No sabéis lo que me pasó este viernes ¡¡¡ME DUCHÉ CON UNO DE LOS APARATOS PUESTOS!!! En cuanto me di cuenta , y gracias a la rápida intervención de mi santo esposo, lo metí en arroz mientras respiraba hondo y musitaba todo tipo de improperios por lo bajini. ¡Vaya forma de empezar el fin de semana! Con la semanita que llevaba. Inmediatamente corrí a buscar los papeles del seguro ¡Pardiez, había vencido hacía poco tiempo! Quería llorar. Entonces pensé: "Si no se arregla, tiro con el de repuesto hasta que reviente. Y cuando reviente, me compro una trompetilla de titanio y a tomar vientos".

Lo peor es que esto me pasó por culpa del desodorante. Como lo leéis. Porque si no me hubiera abandonado, como me abandonó el viernes, (aunque sospecho que con las prisas no me lo puse, es posible, lo admito) no habría llegado a casa con la obsesión de estar oliendo mal y querer meterme en la ducha corriendo, como lo hice. Tan corriendo tan corriendo, que mirad.

A todo esto se suma que estoy con a plan para bajar el colesterol, lo tengo por las puñeteras nubes, y eso también influye. Solo caldo, verduras y fruta, sin azúcar, sin café, sin pan... ¿cómo voy a estar? Pues muy ‘mindfullness’ no, desde luego.

Total, que se me quitaron las ganas de salir. Cual náufrago que lanza una bengala a las estrellas para ser rescatado, lancé un S.O.S. al chat de mi querida Asociación Nacional Síndrome de Treacher Collins. Las respuestas no se hicieron esperar y comenzó una cascada de mensajes de ánimo y consejos varios (meter el aparato en arroz, o en el deshumidificador, o darle con el secador, esto último lo desaconsejó uno de nuestros expertos de forma tajante, fueron algunas de las recomendaciones).

.-"Ya lo he metido en arroz ¿pero cuánto tiempo debo dejarlo ahí?", pregunté. .- "Por lo menos 24 horas", me respondió una de las madres de la asociación. .- "¿¿¿24 HORAS??? ¡Pero eso es una eternidad!", exclamé desesperada.

No quedaba otra que esperar y mantener viva la esperanza hasta entonces. Durante la vertiginosa conversación treacherniana supe que eran varios los niños que se habían bañado con el aparato... repito, niños. ¡Yo era la única adulta que había empapado su aparato!

"¡Señor, qué adultescencia más mala estoy atravesando!", pensé.

Uno de los amigos Treacher Collins comentó que ya podían fabricar los procesadores auditivos "impermeables por completo, como los móviles". “Para lo que cuestan, bien podrían hacerlo”, apostilló. Pues es verdad, reflexioné, si hoy en día hasta los pañales de los bebés están hechos con tecnología de la NASA.

Y, mientras, yo seguía pensando en el seguro. .- "Venció hace poco y no me han llamado para renovarlo", me lamentaba angustiada a un amigo, al tiempo que miraba el cuenco en el que mi procesador auditivo reposaba cubierto de arroz. .- "¿Pero has comprobado si te han pasado el recibo? Consulta tus movimiento bancarios", me sugirió.

¡Touché! Revisé mis movimientos bancarios y ahí estaba. ¡Me lo habían renovado automáticamente! Tenía las lágrimas al borde del ojo. ¡Por fin un rayo de luz! Si mi aparato no resucitaba, lo llevaría al seguro.

Sólo quedaba esperar las 24 horas reglamentarias que, según me habían comentado voces experimentadas (y santo Google), había que esperar ¡Qué 24 horas más largas!

.- Ya es la hora - me avisó mi marido al día siguiente, sábado,

Con mucho cuidado extraje mi procesador auditivo del cuenco con arroz. Soplé para quitarle cualquier virutilla o resto. Le puse una pila, lo enganché al implante, lo encendí... y aquel sonido me pareció el más maravilloso del mundo ¡¡¡El arroz funcionaba!!! ¡¡¡ Y de qué forma!!! ¡Milagro, milagro! Me puse a brincar como una loca, me abracé a mi marido como si hubiera ganado una maratón (al fin y al cabo, había sido un trabajo en equipo) y, por fin, respiré aliviada.

Esta es la angustia que las personas con discapacidad que necesitamos productos de apoyo vivimos cuando se estropean o sufren accidentes. La angustia de saber si se arreglará, de cuánto costará el arreglo, de si tendrá que comprar uno nuevo ¡y a qué precio!

PD.- Por supuesto, voy a cambiar de marca de desodorante.

APUNTESVicky Bendito