La capacidad de la discapacidad

IMG_6718.jpg

El 1 de diciembre de 1993 fue uno de los días más emocionantes de mi vida. Ese día entré a trabajar como becaria en la agencia de noticias Servimedia. Estaba muy contenta, no había acabado la carrera y ya iba a estar en una redacción. ¡Era mi sueño hecho realidad! Desde niña había querido ser periodista y ahí estaba. La redacción me pareció tan bonita, con una pared que era todo ventana, con mucha luz, y la gente me pareció supermaja.

Llevo ya 21 años en Servimedia, donde he cubierto información de tribunales, de Ong y derechos de la infancia y parlamentaria, y donde actualmente trabajo en el departamento de Comunicación, en el equipo de ILUNION.  A lo largo de estas dos décadas, además de ejercer la profesión más bonita del mundo, he ido tomando conciencia de mi discapacidad.

Para empezar, cuando llegué a Servimedia yo no sabía que existía el certificado de minusvalía, uno de los documentos que me requirieron para hacer el contrato de beca. Ese día aprendí que yo no era símplemente sorda, era una persona con minusvalía. Y me sonaba un poco… cómo lo explico…¿minusválida yo? ¡Era tan válida como cualquiera! (qué bien se ha hecho en cuidar el lenguaje, en hablar de personas con discapacidad).

Fue en Servimedia, en el entorno laboral, donde fui consciente de la barrera que suponía mi sordera y muchas veces me decía “¡pero a quién se le ocurre nacer sorda y hacerse periodista!”.

Mi sordera no había sido un problema en el colegio ni tampoco en la universidad. Me sentaba en primera fila y leía los labios. En la facultad, al principio, usaba grabadora. Luego ya mis apuntes con los de mis compañeros y me apañaba perfectamente sin la grabadora. Pero en el trabajo…

HANDICAP

IMG_9099Confieso que soy la primera que se ríe de mi sordera. Soy sorda, lo asumo, lo acepto. Forma parte de mí. Y no me importa ser sorda, salvo a veces. Porque lo cierto es que hay ocasiones en que no tiene ninguna gracia, sobre todo, cuando supone un handicap para realizar mi trabajo. Más de una vez he llorado de impotencia por la soledad a la que me destierra la incomprensión de quienes me rodean con mi sordera.

Recuerdo una ocasión de muchas en la que los periodistas de tribunales estábamos hablando off the record con un fiscal y, en un momento, dado el hombre empezó a hablar para el cuello de su camisa y, claro, no conseguía entender lo que decía, ni siquiera leyéndole lo labios, pues no vocalizaba.

.- Perdone, ¿le importa repetirme lo que acaba de decir? Es que no he podido escucharle bien, lo siento, soy sorda.

.- Que te lo cuenten tus compañeros .- me contestó con muy poca amabilidad. Y ahí me salió el carácter y una ráfaga de calor me empezó a subir del estómago a la cabeza y le contesté: “A mis colegas no les pagan para eso y tengo el mismo derecho que ellos a escuchar lo que usted dice”.

Recuerdo otra ocasión en la que una compañera, hablando de un disgusto tremendo que me llevé por una situación peor, me dijo, para que yo también intentara comprender a la otra parte: “Míralo de esta manera, estás tan bien adaptada y te apañas tan bien, que no parece que seas sorda”. ¡Pues maldita sea! Porque resulta que lo soy y tengo unas limitaciones que no se solventan con un “súbete el volumen” del audífono, le dije.

La sordera no se ve, se nota. Se nota cuando la persona sorda lo dice y pide que le repitan las cosas. Así que en mi ejercicio profesional como periodista he ido solventando la situación de la mejor manera que se me ocurría: Poniéndome cerca de un altavoz en una rueda de prensa, en primera fila y bien pegada al interlocutor cuando se trataba de una conversación con una fuente… porque lo cierto es que el mundo no está hecho para las minorías o para los que son diferentes. Es así, hay que asumirlo, y, hasta que la sociedad avance, son las minorías las que han de adaptarse al mundo para sobrevivir.

HE APRENDIDO

En una rueda de prensa en el Congreso de los Diputados.

Y en Servimedia he aprendido a buscarme la vida, a ser espontánea y natural con mi sordera, que la capacidad de la discapacidad es tremendamente valiosa y que el esfuerzo que hacemos las personas con discapacidad en el ámbito laboral, aunque no lo parezca, es mucho.

En Servimedia, en la Fundación ONCE, he aprendido y sigo aprendiendo sobre la discapacidad y lo mucho que queda por hacer para concienciar a la sociedad, para hacerle entender que no queremos caridad, que pedimos que se pongan en nuestros zapatos.

He aprendido que integrar a una persona con discapacidad no es tratarla como si no tuviera discapacidad, no. Es tratarla teniendo en cuenta su discapacidad, pero con naturalidad, no con remilgos, no con ñoñerías.

He aprendido que integrar laboralmente a una persona con discapacidad no es sólo darle un trabajo y ya. Es poner los medios necesarios para que pueda trabajar en igualdad de condiciones. Es adaptar su puesto y sus funciones a esa discapacidad y ser consciente de qué cosas puede hacer o no en función de la misma y cuáles son sus necesidades.

Recuerdo, joé, parezco la abuela cebolleta, por favor… A lo que iba, recuerdo una entrevista que hice hace muuuuchos años al entonces fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Eduardo Fungairiño. Me dijo que él quería ser juez pero que era consciente de que no era posible porque un juez tiene que ir al lugar de los hechos, bajar, si es preciso, a un zulo y que eso era algo que él, obviamente, no podía hacer en silla de ruedas.

Ha aprendido que no sólo no somos iguales, sino que somos muy diversos y que, a pesar de eso, tenemos los mismos derechos, que nadie nos regala nada, que estamos aquí porque lo valemos.

IMG_0052_2

He tomado conciencia de la discapacidad y reivindico sus derechos en una sociedad a la que, habiendo avanzado visiblemente, aún le queda mucho camino por recorrer. No me corto un pelo en llamar la atención a quien vea aparcando en una plaza de minus, por ejemplo.

Y todas estas lecciones, toda esta filosofía, se la debo a todos estos años de aprendizaje continuo en Servimedia, que no sólo me ha enseñado de periodismo.