Feliz, feliz, feliz.

Vicky con una amiga en una manifestación

(Publicado en Cermi Semanal. El periódico de la discapacidad) Así estaba yo el día que tuvo lugar la Marcha #SOSDiscapacidad, convocada por el CERMI. Por fin, las personas con discapacidad reivindicábamos nuestro lugar en la sociedad. Por fin, salíamos a la calle para reclamar que no se dé ni un paso atrás en los avances conquistados durante todos los años anteriores y que merecieron en su día, nada más y nada menos, que la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.

Feliz, feliz, feliz, porque fuimos ejemplo de civismo, ni un solo incidente en la manifestación. Feliz, feliz, feliz, porque los que acudimos superamos con creces la previsiones iniciales de los propios organizadores, que calcularon en un principio que éramos 50.000, cifra que la Policía elevó posteriormente a 90.000.

Feliz, feliz, feliz, porque fue un momento histórico para el mundo de la discapacidad. Feliz, feliz, feliz, porque no me sentí sola en mis reivindicaciones diarias. Cuántas veces se me han saltado las lágrimas de impotencia ante gente que no ha sido capaz de ponerse en mis zapatos y me ha respondido con un “de qué te quejas”.

Pues me quejo, entre otras cosas, de que maldita la gracia que me hace a veces ser sorda (a pesar de que soy la primera que se lo toma con sentido del humor) y de que más de uno pretenda arreglarlo con un “súbete el volumen” del audífono, demostrando una ignorancia supina sobre mi discapacidad.

Es cierto que el mundo no está hecho para las minorías o para los que son diferentes, sobre todo en una sociedad que idolatra la estética (añado aquí que yo nací con el Síndrome de Treacher Collins). Es así, pero eso no quita para pelear con el corazón por lo que es justo: por una sociedad de iguales, sea cual sea tu origen, tu color de piel, tu religión o tu discapacidad. Y, mientras tanto, y hasta que la sociedad avanza, son las minorías las que han de adaptarse al mundo para sobrevivir. ¡Pero es que la sociedad a veces avanza tan desesperadamente despacio!

Recuerdo una ocasión en que estábamos hablando un grupo de periodistas con una fuente informativa. Como el tipo hablaba muy bajito y, para colmo de males hacia el cuello de su camisa, le pedí que por favor repitiera lo que acababa de decir porque no había podido escucharlo bien. Él sabía que yo soy sorda. Además, mi audífono es bien visible. La respuesta de aquel hombre fue: “¡Que te lo repitan tus compañeros!”. Y la mía fue: “A mis colegas no les pagan para eso y tengo el mismo derecho que ellos a escuchar lo que usted dice”. No sirvió de nada, salvo para que se pusiera blanco y se marchase.

NO PIDO CARIDAD

No pido caridad. No la quiero. Pido que se pongan en mis zapatos. Como periodista y como persona sorda, pido poder trabajar en igualdad de condiciones, sin que mi discapacidad suponga una desventaja con respecto a mis colegas. Discapacidad no tiene por qué significar incapacidad. Pero eso aún hay mucha gente que no lo entiende.

Me quejo también de que apenas hay ayudas para los elementos técnicos que las personas con discapacidad necesitamos para nuestro día a día y que nos obligan a pagar como si de un lujo se tratara, cuando son algo esencial para nuestro vida cotidiana. Léase sillas de ruedas, audífonos, etc.

Me quejo de que tengo el mismo derecho a volar que tú y lo reivindico. Tengo un trabajo, un lugar en la sociedad, pero eso no es un regalo, es un derecho. Eso no es un ejercicio de caridad y bondad de la sociedad porque las personas con discapacidad no somos ningún lastre para la sociedad, al contrario, es un derecho. Tenemos mucho que aportar, lo demostramos cada día y eso se tiene que hacer valer.

Y todo eso, entre otras muchas cosas, se visibilizó el pasado 2 de diciembre. Por fin se reivindicó la capacidad de la discapacidad. Por eso, me sentí feliz, feliz, feliz.