El rosal.

El suelo conservaba aún el frío de la noche pero el aire, incluso a esa horas de la mañana, ya empezaba a hacerse espeso por ese sol que permanecía implacable desde hacía ya un año y medio. Loira se puso una taza de café, humeante y de un negro como los peores pensamientos. De pronto notó que estaba quemándose las manos con la taza, así que no tuvo más remedio que dejar reposar su desayuno a la sombra para que se enfriara, tanto calor era demasiado.

Entonces se acercó a la ventana y, mientras recogía su pelo negro azabache en una cola de caballo, miró aquel páramo desolado, seco, resquebrajado y arenoso que antes fue una alfombra verde y cuyo rosal era el orgullo de su vida.

Ahora sólo había tierra muerta por doquier y una horizontalidad rota sólo por un tronco hueco que, allí plantado, parecía el último trofeo de la sequía. El único signo de vida era aquel rosal, que persistía como un bello esperpento de la fortaleza.

Recordó el día que lo plantó. La iglesia del pueblo estaba abarrotada, habían llegado todos los familiares habidos y por haber, primos, tíos y abuelos, y no quedaba un solo espacio en el modesto templo. Por no caber no entraba ya ni el aire, y solo era el primer día de su primera comunión. Durante todo el día había tenido que ir desfilando su limosnera para que los parientes fuesen echando monedas, porque la pobreza no daba para más.

Por eso, cuando la tía Prudencia le regaló aquel rosal porque, según afirmaba la mujer “regalar una rosa es como regalar un animal muerto”, fue la mejor sorpresa de todas.

La tía Prudencia era la más excéntrica de todas, siempre riéndose a todas horas, llena de colgantes multicolores y paseando aquel cuerpo serrano de 90 kilos como si fuese la modelo más cotizada del mundo. Era una mujer realmente atractiva y de poderosa sonrisa. Se reía de los conservadurismos, de las habladurías y de los miedos absurdos y lloraba por un famélico a quien no conocía o por una comida mal aprovechada, porque el mundo le dolía.

De ahí que, dado el carácter de la tía Prudencia, aquel rosa resultase algo extravagante, incluso divertido, para Loira, a quien no le importó manchar de tierra su inmaculado vestido blanco para plantar cuanto antes su regalo.

“Fíjate”, cuchicheaban los mayores,“eso no sirve para nada, no se come”. “Menudo regalo”, despreciaban los más jóvenes, “un rosal ¡qué tontería! No es útil”.

“Fíjate bien, querida, cuando mires esta planta”, le dijo la tía Prudencia, “y recuerda que has de ser fuerte y cuidarte de la gente, que es tan cínica que es capaz de marcarte el resto de tu vida por un momento de debilidad. Pretenden que todas las cosas sean rectas como una línea y no admiten que el género humano es, por naturaleza, el más sinuoso y retorcido sobre la faz de la tierra”. Guardó silencio un rato y añadió: “Cuando te sientas débil, mira las rosas, huele su perfume y piensa que para darte esto él se defendió con espinas”.

Y ahora, casi 20 años después, aquel rosa seguía vivo, a la par que ella. Sólo él había sido testigo de sus noches, de sus anhelos y, también, de sus penas, había sido regado con el sudor de su pasión y con las lágrimas de su dolor, y no iba a ser aquella maldita sequía la que acaba con él.

Pero la sequía había terminado con todos y sólo quedaba ella. Sentía tener que hacerlo, dejar su rosal. Cogió una pequeña sábana, colocó cuatro cosas en ella, la ató, olió por última vez el perfume del rosal, se dio media vuelta y emprendió su camino sin volver la mirada atrás.

Nunca más regresó. Según dicen, nada más alcanzar el horizonte ella cayó fulminada al suelo y nadie se atrevió a moverla porque, pasadas las dos semanas, ella no olía a muerto sino a rosas. Unos decían que era una señal divina y que, como tal, era mejor no mancharla con manos profanas, por eso no la movieron. Otros, según cuentan, fueron corriendo a la casa por si había algún familiar, pero sólo encontraron en el jardín un rosal marchito y cuyas espinas sangraban. Creyeron que era un embrujo y, por eso, tampoco lo tocaron.

Aún ahora se puede ver la mancha de sangre imborrable allí donde estuvo plantado el amante rosal, y un rosal de perfume perenne en el lugar donde la encontraron muerta y del que nunca la movieron.