Eduardo Fungairiño: La tenacidad sobre ruedas

Eduardo Fungairiño

Esta entrevista se publicó en octubre de 1997, e el número 1 de la revista Inserta, de la Fundación ONCE. A este madrileño, nacido el 3 de mayo de 1946, un accidente de tráfico le confinó a una silla de ruedas para el resto de sus días. Sin embargo, su tetraplejia no le ha impedido tomar parte en casos tan relevantes como el de la colza. Ha demostrado una fuerza de voluntad que le ha convertido en un ejemplo de superación y de integración laboral.

Tenía 19 años y estudiaba segundo de Derecho cuando el 600 que conducía se despegó del asfalto, lanzándole como un proyectil contra una piedra que le causó una tetraplejia (parálisis total o parcial del cuello para abajo). El accidente ocurrió en la noche del 4 al 5 de julio de 1965. Dos compañeros y yo estábamos estudiando el examen de Derecho Civil, que en aquellas fechas era un hueso, relata a Inserta, recuerdo que era la final de copa el Atlético de Madrid-Zaragoza. Uno se fue a ver el partido y los otros dos nos fuimos a dar una vuelta por los alrededores de Madrid. En una curva de la carretera de Campamento a Boardilla del Monte el coche derrapó, yo salí despedido y me desnuqué.

Cinco días después del accidente Eduardo Fungairiño entra en un coma del que despierta el 15 de agosto. La primera impresión es muy curiosa. Has estado en coma y en un mes han pasado muchas cosas de las que no te has enterado, lógicamente. En primer lugar me pongo al día para saber qué es lo que ha pasado, quién se ha muerto, quién se ha ido de vacaciones, quién ha ganado la copa de tenis, etc.

Eduardo Fungairiño le pidió a su padre que reparase el 600, que había quedado destrozado, e incluso hizo gestiones para renovar el carné de conducir. De la Fundación Jiménez Díaz, donde fue ingresado tras el accidente, se marchó a la Clinica Virgen del Mar, donde hizo ejercicios pasivos, con pesas, con paralelas y con el convencimiento de que volvería a andar. Yo no esperaba, ni mucho menos, quedarme inválido. Asumir el accidente lo asumo desde el principio. Es decir, ha sido un golpe y ya está. Ahora, una cosa es asumir el accidente y otra que las consecuencias sean tan irreversibles. Poco a poco te vas dando cuenta, no hace falta ser un lince, de que no puedes andar. Tratas de moverte y no puedes, los miembros no responden.

La esperanza se quiebra por completo en marzo de 1968, cuando ingresa en el barcelonés Instituto Guttman. Allí me di cuenta de que el accidente no tenía remedio y de la importancia de la lesión de mis cervicales. Yo ya usaba silla de ruedas, pero una cosa es andar en silla de ruedas y otra hacerlo sin saber que de ahí no sales. El doctor Sarrias me dijo: "A partir de este momento Eduardo Fungairiño, con 19 años, ha muerto. Ahora nace otra persona que se llama igual, que tiene unas vivencias, las anteriores del accidente, pero que tiene que empezar a vivir con unas limitaciones”.

Tras sobreponerse de la impresión que le causa la cruda realidad que le ha tocado en suerte, así como de la frustración que en aquel instante le invadió, Eduardo Fungairiño, aquel joven alegre que antes vivía jugando al hockey, haciendo montañismo, escuchando country y tolerando la básica española que se bailaba en los inocentes guateques de los años 60, se reencarna en un hombre con silla de ruedas y una carrera a universitaria que terminar. Las asignaturas que le habían quedado pendientes de segundo, así como los dos siguientes cursos, los estudió por libre, mientras que el último año de carrera lo estudió de forma oficial asistiendo a la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid.

El regreso a la universidad no tiene nada de especial -dice- Escaleras en todas partes, no puedo escribir y le pido al profesor que el examen sea oral. Voy con mucha incomodidad, porque entonces no había vehículos adaptados y cada día tengo que coger un taxi.

Así, entre barreras arquitectónicas a diestro y siniestro, taxis que le cuestan un ojo de la cara y el pragmatismo por bandera, Eduardo Fungairiño logra licenciarse, dejando en su expediente académico alguna que otra matrícula y algún que otro sobresaliente.

Con el título en la mano decide presentarse a las oposiciones para la carrera judicial y fiscal, porque, como todo estudiante de Derecho en aquel 1970, tenía poca elección y las oposiciones eran la mejor salida. Tiene que ingeniárselas para ingresar en ellas con una máquina de escribir eléctrica que empleaba con ‘contreras’ adaptadas a los puños. Así podía escribir, en lugar de con los dos dedos, con las dos manos, explica.

Los ancianos de la carrera fiscal cuenta que algún que otro se mostró más bien reticente a las aspiraciones opositoras de Eduardo Fungairiño, ante lo cual, el recién licenciado en Derecho amenazó con acudir a los tribunales, extremo que él mismo desmiente: Lo que pasa es que cuando hago la oposición me planteo qué posibilidades tengo. Entonces, el director de la Escuela Judicial me dice que, dadas mis limitaciones físicas sólo podía ser fiscal ¿Por qué? Porque el final tiene que realizar una labor mucho más de despacho, mientras que el juez tiene que intervenir, tiene que bajar, por ejemplo, al zulo de Mondragón, para descubrir el escondrijo en el que estuvo secuestrado José Antonio Ortega Lara, tiene que llevar a cabo inspecciones oculares, actividades enlutares de no fácil acceso para minusválidos. Entonces hago la oposición conjunta, pero saco puntos suficientes para poder ser fiscal.

Fungairiño recuerda que el día del examen escrito tuvo que ser desalojado de la sala de examen porque a más de un opositor allí presente, armado con bolígrafo y papel, se le espantó la concentración con el tic-tictic-tac-tic-sssuuuuuum de su máquina de escribir.

EL PRIMER TRABAJO

Aprobar las oposiciones, el ahora fiscal es destinado a la Audiencia Provincial de Barcelona, donde aterriza en mayo de 1973. Allí continúan las dificultades. Hay que buscar un hotel que tenga acceso fácil para los primeros días, y luego buscar un apartamento que, o bien no tenga escaleras, o que tenga rampas o ascensor capaz. Para colmo, la entrada de la Audiencia Provincial de Barcelona, por lo menos en aquellos tiempos, tenía tres escalones que sólo podía subir con la ayuda de su conductor.

La solución más radical: que este inválido despache en casa y no vaya a la fiscalía. Hasta cierto punto, esto lo puedes aceptar, pero tu sentido de la profesionalidad te invita a ir a la fiscalía a trabajar. Así que Fungairiño acude todos los días a la Audiencia, donde se pone la toga, acude a juicios, informa en sala, redacta sus calificaciones con la máquina de escribir. Realiza, en definitiva, todas las labores de un fiscal. En febrero de 1980 Eduardo Fungairiño asoma su cabeza por la Fiscalía de la Audiencia Nacional, de la que es nombrado jefe el 30 de mayo de 1997.

Desde aquel julio de 1965, la ayuda de su familia, la de los médicos y su tenacidad, principal rasgo de su carácter que a veces raya en la tozudez, según confiesa él mismo, han sido los motores de su supervivencia. Asegura que jamás ha sentido la discriminación en sus carnes o la compasión. La gente de a pie siempre me ha tratado perfectamente bien, sin discriminación alguna y sin ningún gesto de conmiseración. De los labios de mi familia jamás ha salido aquello de `pobre inválido`; me han exigido lo mismo que a los demás. Por parte del resto de las personas, jamás he notado una frase, ni una sola señal de que hubiera un tratamiento discriminatorio en función de mi invalidez.

Aunque asegura que no ha tenido ningún problema en el mundo laboral por su minusvalía, Eduardo Fungairiño reconoce que las cosas no están fáciles para nadie, y menos aún para las personas con discapacidad. En este sentido, aplaude iniciativas como el Plan INSERTA, impulsado por la Fundación ONCE para la creación de 5.000 puestos de trabajo para personas con discapacidad. Después de las barreras arquitectónicas, las barreras laborales son las siguientes a superar. Desde el momento en el que el Plan INSERTA consiga que haya una integración y una normalización laboral de los minusválidos, se habrá dado, desde luego, un paso definitivo.

Si bien Fungairiño destaca por su optimismo y perseverancia, es plenamente consciente de su situación. Yo cada día me acuerdo de que estoy inválido, cuando voy a coger una cosa y se cae porque en ese momento no he hecho el gesto debido para cerrar el puño, cuando voy a firmar y no puedo porque de da un calambre. Todo eso es diario y continuo. No te puedes olvidar nunca de que eres inválido.

APUNTESVicky Bendito