Algo falla.

Foto de Vicky Bendito con texto.

Me llamo Vicky Bendito, soy periodista, tengo el síndrome de Treacher Collins y soy sorda. Perdón, tengo discapacidad auditiva. El caso es que sin mis procesadores no escucho prácticamente nada. Mi primer audífono me lo pusieron a los 4 años. Mis padres aseguran que desde entonces no he dejado de hablar. Al principio fui a un colegio de educación especial (fue allí donde me pusieron mi primer audífono, uno antiobsolescencia programada que perdí en las fiestas del barrio cuando montaba como una loca en una atracción) y fue allí donde me enseñaron a vocalizar y a leer los labios. De hecho, estoy tan bien adaptada que más de una vez me han dicho que no parezco sorda (¿sabéis que la mayoría de las personas con discapacidad auditiva somos hablantes orales?).

En cuanto mis padres vieron que me desenvolvía con gracia y soltura, me matricularon en un colegio convencional. Para que pudiera escuchar lo mejor posible, la dirección del colegio estableció que me sentara en primera fila.

Posteriormente, en la universidad también me las apañé bastante bien. Como en el colegio, me sentaba en primera fila y leía los labios. Al principio usaba grabadora, pero luego no me hizo falta, gracias a la ayuda de mis compañeros.

Fue al incorporarme al mundo laboral cuando fui consciente de la dificultad que suponía mi sordera. Es una discapacidad que no se ve ni se nota, salvo que la persona en cuestión lo diga, pida que le repitan las cosas, que la hablen mirándole a la cara para que pueda leer los labios, o lleve los audífonos muy visibles.

Durante los más de 20 años de mi ejercicio profesional como periodista he ido solventando la situación con mucho desparpajo y de la mejor manera que se me ocurría: Poniéndome cerca de un altavoz en una rueda de prensa, en primera fila y bien pegada al interlocutor cuando se trataba de una conversación con una fuente, enchufando los cascos (cuando llevaba retroauricular antiguo) a las torres de grabación móvil de los compañeros de televisión, enchufando el lazo de inducción magnética a la grabadora y ésta a la toma de sonido… No quedaba otra.

Tampoco fui consciente de lo poco que oía hasta que pasé del audífono retroauricular al implante osteintegrado, hará unos nueve años, y a escuchar por ambos oídos (tengo microtia en una de las orejas, así que hasta los treinta y muchos sólo he escuchado por el otro oído). Con el tiempo, me he dado cuenta de lo poco que oía realmente y del tremendo esfuerzo que, inconscientemente, tuve que hacer para sacar mis estudios y mi carrera universitaria. De hecho, un día, hablando con una amiga mía del alma, ésta me comentó asombrada: “Es que a ti en el colegio te hacían pasar las pruebas de ‘listening’ igual que a las demás”. Y yo también me sorprendí, pues hasta ese instante, no había caído yo en la cuenta. ¡Así me iba a mí en listening!

Yo nunca he tenido problemas con mi sordera. Nací así, punto, forma parte de mí,… y tiene su ventajas, para qué negarlo. Con lo que he tenido problemas es con la falta de concienciación social, con ese hablarme a gritos en lugar de vocalizar, con esos ‘que te lo repitan tus compañeros’, con esos ‘súbete el volumen del audífono’, con la falta de accesibilidad auditiva, con la falta de información sobre accesibilidad por parte de los centros audiológicos (todo lo que sé sobre esta materia lo he encontrado yo buceando en internet), con la escasez de ayudas, con esa permanente carrera de obstáculos en que muchas veces se convierte la vida de las personas con discapacidad.

Hay días, pocos, en que la sonrisa se me cae al suelo.

Tengo 45 años y, ciertamente, las cosas han mejorado muchísimo: la tecnología de los procesadores auditivos avanza a velocidad de vértigo, cada vez hay más lugares y servicios públicos accesibles con bucle magnético, más campañas de concienciación… pero aún queda mucho por andar en el camino de la normalización y conocimiento de la discapacidad auditiva y la sordera. Una cuestión sangrante, que merece un capítulo aparte, es el precio de los audífonos.

Yo no elegí nacer con Treacher Collins ni sorda. Otra cosa es que lo tenga asumido, asumidísimo, pero, a veces, siento que a las personas con discapacidad, en este caso, auditiva, se nos penaliza por ello a la hora de buscar las ayudas técnicas o tratamientos que necesitamos para oír. Para nosotros, los audífonos, los implantes, los procesadores auditivos son una herramienta imprescindible para nuestro día a día, pero nos las cobran como si fuera un artículo de lujo. Algo falla.