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Esta entrevista se publicó en febrero de 1998, en el número 2 de la revista Inserta, de Fundación ONCE.

Además de ser uno de los investigadores del equipo español responsable del hallazgo de una variación genética que aumenta la predisposición a la enfermedad el Alzheimer, Jesús Vázquez, licenciado y doctorado en Ciencias Químicas con el Premio Extraordinario en ambos, dirige el Laboratorio de Química de Proteínas del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa.

En el laberinto de escaleras, pasillos, entreplantas y módulos de la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) se encuentra el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, un recinto plagado de enormes y sofisticadas máquinas, probetas, microscopios, ordenadores y duchas de emergencia. En él trabaja Jesús Vázquez, un sordo total que es el jefe del Laboratorio de Química de Proteínas. Sin embargo, su discapacidad pasa desapercibida por su profesionalidad, avalada por su impresionante currículum de once páginas y confirmada por sus propios compañeros de trabajo.

Pese a tantas Ciencias Químicas, moléculas y proteínas, la imagen de Jesús Vázquez está muy alejada de la de un profesor chiflado con los ojos salidos de las órbitas, la cabellera alborotada y rodeado de tubos con extraños líquidos humeantes.

De mediana estatura, de pelo oscuro, con unos ojos castaños y chispeantes que se ocultan detrás de unas gafas de montura dorada, Jesús Vázquez es un hombre risueño y sordo-sordo. Vamos, que no oye ni jota, pero ¡cómo habla!, por los codos, y es que le encanta charlar. No necesita intérprete, con leer los labios le sobra.

Tras señalar que para un sordo es fundamental leer, porque la lectura permite el acceso completo a cualquier información al cien por cien, Vázquez asegura que las minusvalías físicas no deben ser un impedimento para que los discapacitados reintegren plenamente en la sociedad.

Nacido el 26 de febrero de 1960, sufrió una encefalitis que le robó el oído de golpe cuando tenía 7 años, pero este episodio no le causó trauma alguno, dado lo temprano de la edad. Vázquez asegura que antes de quedarse sordo “dicen que cantaba muy bien y tenía muy buen oído”, y que además le encantaba escuchar la novena de Beethoven, nada de canciones infantiles, no, no, música clásica, de la que hasta hace poco guardaba un recuerdo sonoro.

LA VUELTA AL COLE
Durante su convalecencia recibió clases de un profesor particular, don José, que acudía a su casa para que no perdiera el curso. Sus padres estuvieron barajando la posibilidad de enviarlo a un colegio especial para sordos, pero finalmente decidieron, con acierto, que continuara en el de siempre, el de los Escolapios de San Fernando, un centro regido por curas en el que cursó hasta COU.

“Tengo un buen recuerdo. Me integré perfectamente con mis compañeros, en la clase de don Fernando sin ningún problema. No se metían conmigo más que con los demás y me respetaban”, relata a Inserta. “En el colegio se portaron muy bien conmigo y tuve mucha suerte con los profesores”.

El primer problema que le dio su sordera llegó con el temido examen de Selectividad. Por entonces una de las pruebas consistía en un dictado y no creían que Vázquez estuviera capacitado para hacer el ejercicio. Menos mal que salió a la padre José Antonio, uno de sus profesores y demostró todo lo contrario. Así, nuestro protagonista obtuvo “nota de sobra para elegir la carrera que quisiera” y eligió la de Químicas, porque en COU ya había mostrado sus habilidades para las ciencias.

El paso a la universidad fue una continuación del colegio, pero con muchísima más gente. ¿Cómo se las apañó? Sagazmente buscó a una persona que, además de buen compañero, fuese un buen estudiante y lo encontró, Jaime. Con él inició la carrera y con él la terminó en 1982.

De toda la etapa estudiantil, la peor fue la de la adolescencia. “No era un problema de integración, me integré perfectamente, sino porque la adolescencia es una fase en la que uno madura”, recuerda. Así que dejó la timidez a un lado y tomó el entusiasmo y el optimismo por bandera. Dejó de depender de los demás hasta para ir a comprar y comenzó a volar solo. Eso sí, a la hora de ligar la vergüenza le podía. “Mis amigos decían que era inteligente y guapo, pero al verme diferente me faltaba seguridad y la verdad es que no me comía ni una rosca”, añade entre risas.

Inserta.- ¿Y cómo conoció a su mujer?
Jesús Vázquez.- En una boda. Me la presentaron, bailamos…
I.- ¿Bailaron? Creía que no oía nada.
JV.- Y no puedo oír, pero si la música está muy alta, las vibraciones me marcan el ritmo,
I.- ¿Luego?
JV.- Nada, salimos un par de años y nos casamos.

Jesús Vázquez, que ya se había doctorado en Ciencias Químicas y por entonces daba clases en la UAM, consiguió una beca postdoctoral para estudiar dos años en New Jersey (Estados Unidos) y no quiso irse solo. Así que antes de coger el avión decidió pasar por el altar con aquella dama ala que conoció en una boda y con la que ha tenido dos niñas.

En Estados Unidos, Vázquez se defendió con “mucha cara y desparpajo”. Aunque había estudiado inglés en España, lo hablaba bastante regular, pero se hacía entender. Lo que le resultaba imposible era leer los labios en inglés así que iba con un cuadernos y un lápiz para que le escribieran lo que no comprendí. Actualmente domina perfectamente el idioma de los británicos, a juzgar por los innumerables trabajos que ha publicado en revistas científicas de habla inglesa.

QUERIDO MAESTRO
Corría el año de gracia de 1989. Recién llegado a tierras yanquis, Jesús Vázquez decidió continuar con sus labor docente en la UAM. Como profesor de práctica no tuvo ningún problema, el escollo apareció cuando decidió impartir clases de teoría ¿Por qué? Por la sordera. Entonces realizaron una encuesta entre los alumnos y resultó que en la interacción estudiantes-profesor Vázquez resultó estar muy por encima de la media y pudo continuar con su trabajo, para mayor alivio de sus discípulos. Alguno de ellos cuenta que era un profesor “fantástico” y que hacía las clases “muy amenas”.

Pero Vázquez quería más y en su afán por superarse decidió opositar. La primera vez suspendió porque no le aplicaron el cupo de minusvalía, cosa que recurrió sin vacilar. “Quedé el primero de la lista de suspendidos. Si me hubieran aplicado el cupo habría aprobado”, explica. El recurso continuó su curso y nunca más se supo, porque se presentó a otra oposición y la aprobó sin que tampoco le aplicaran el cupo de minusvalía.

El caso es que con cupo o sin él, Jesús Vázquez se hizo con una plaza de investigador en la plantilla del CSIC, con destino en 1993 al Centro de Biología Molecular Severo Ochoa de la UAM. Un día anunciaron que necesitaban una persona que se hiciera cargo del Laboratorio de Química de Proteínas, adscrito al Centro de Biología Molecular Severo Ochoa y Jesús Vázquez levantó su dedo para ofrecerse como candidato. Desde entonces hasta el sol de hoy, Vázquez dirige ahí a un equipo de cuatro personas que no pueden evitar su admiración por su capacidad de trabajo, su “extremada inteligencia” y su sentido del humor. Asimismo, trabaja en otro laboratorio, investiga sobre Alzheimer y es profesor de doctorado.

Este hombre tiene muy claro que quiere ser un investigador de prestigio, sacar adelante y potenciar su equipo de investigación y hacer algo por el colectivo de sordos. “Nunca he hecho nada. Jamás he estado en una asociación de sordos y, sin embargo, me he beneficiado de cosas que han sido posible gracias a la presión que han hecho. Por ejemplo, los teléfonos para sordos”, explica. “Ahora que tengo una posición, puedo hacer algo”.

¡QUE VIENE EL JEFE!
Profunda es la admiración que siente por Vázquez los tres integrantes del Laboratorio de Química de Proteínas que dirige el protagonista de esta sección. A juicio de estas tres mujeres, Jesús Vázquez es un “cerebro extremadamente inteligente” y su preparación solapa totalmente su discapacidad.

Rosana Rogado, que lleva un año trabajando con él, asegura que es “encantador”. “Nunca le he visto enfadado ni ha puesto pegas por nada. Es muy optimista”, agrega. “Eso sí, es muy despistado para las cosas de andar por casa”.

Por su parte, Josefa González-Nicolás afirma que como jefe “sabe muy bien cuál es su responsabilidad y la ejerce sin ser autoritario”. A su juicio, es un hombre que da seguridad -“sabes que si te atascas, él te va a sacar del atolladero”- y fomenta el trabajo en equipo, así como la iniciativa.

Por último, Anabel Marina cree que es una persona “muy humilde, que no va de genio por la vida, al contrario que otra gente menos preparada”. En su opinión, Vázquez “no es consciente a veces de lo inteligente que es”, y en ocasiones ellas tienen que hacer un esfuerzo para estar a su altura. “A lo mejor, una cosa que tú haces en días, él la resuelve en uno”, comenta.

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